El verdadero motor de la vida | Gabriel Rolón, psicoanalista y escritor

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Resumen

Gabriel Rolón reflexiona profundamente sobre el motor que impulsa la existencia humana: la gestión del deseo, la falta y la soledad. A través de su experiencia como psicoanalista, explica que el ser humano es un ser incompleto que busca dar sentido a una vida inherentemente carente de destino predeterminado. Propone que la felicidad no es una plenitud absoluta, sino una 'faltacidad': la capacidad de construir proyectos, asumir las soledades y perseguir deseos genuinos a pesar de nuestras imperfecciones y del dolor inevitable.

Capítulos

  1. 0:03Introducción y vocación analítica
  2. 2:16La semilla de la escucha
  3. 3:32El ritual del escucha
  4. 4:11El sentido de la existencia
  5. 5:02Crear sentido donde no hay
  6. 6:19La lucha contra los mandatos
  7. 13:38La imposibilidad de estar completos
  8. 16:44Felicidad y la constante de la falta
  9. 17:02El concepto de faltacidad
  10. 19:30El deseo y los proyectos
  11. 21:25La angustia de no tener proyectos
  12. 24:06La salud del deseo
  13. 27:52La experiencia de la soledad
  14. 28:57Soledades impuestas y existenciales
  15. 41:24La soledad como espejo

Temas tratados

  • El origen del psicoanálisis
  • La naturaleza de la felicidad
  • El deseo y la falta
  • El sentido de la vida
  • La soledad como experiencia
  • La construcción de la historia

Extracto de la transcripción

Me presento. Mi nombre es Gabriel Rolón, soy psicoanalista y creo que he sido psicoanalista toda mi vida. Alguna vez me lo han preguntado. Porque yo, que he tenido vocaciones distintas de músico, de matemático, en algún punto me pregunté: ¿por qué el psicoanálisis? ¿De dónde me viene esto? Psicoanálisis, saben ustedes, es una forma de percibir lo que le pasa al otro, de escuchar y de velar en esas palabras: el dolor, la angustia, los misterios que habitan adentro de un ser humano. Y cierta vez recordé que, cuando yo era muy chico, mi papá, que era albañil, se levantaba muy temprano. Él se levantaba a las cinco de la mañana para ir a trabajar y se iba. Yo no lo veía. Y después, volvía más o menos para la hora de la cena y algunas noches, en vez de irse a descansar, mi padre se quedaba dando vueltas en la cocina. Yo lo escuchaba desde mi cama y no sabía por qué, pero no me podía dormir. Yo…